Verdades

Darla Kalafina

Darla Kalafina

He escrito mucho en estos días. Más de lo habitual. Tengo 40 años y ya más de 5 siendo Darla, lo cual ha sido duro, difícil a veces.

No soy una santa, ni puta -aunque a veces me siento así-. Soy una mujer transgénero ordinaria. No soy transexual -aunque si lo deseo- y estoy mas allá de ser tv.

En mi clóset hay más ropa de chica que de chico, he dormido con más hombres que con mujeres.

* * *

Estar de vacaciones me da la oportunidad de ser más tiempo yo. Y de revisar correos y demás.

Me llegó una encuesta sobre sexualidad y una pregunta me dejó pensado: “¿Con cuantos hombres has tenido sexo sin quererlo?”.

Varios. Más de los que debería, quizás es la respuesta más honesta.

A veces, sólo te queda fingir y abrir las piernas. Primero pones la mente en blanco y dejas que pasé, que se vengan y ya.

Ser mujer tg es complicado y riesgoso. Los hombres nos ven más como “putas lujuruiosas” que como entes femeninos.

Recuerdo las palabras de un chico del que hablé en otro relato: “Es que ustedes dan las nalgas muy fácil”. No hay nada de poesía en la frase. Pagamos unas por todas.

Trato de ser selectiva, aunque a veces el momento y la calentura marcan el paso de mis encuentros y desencuentros.

Estás vestida, linda, vulnerable… Te expones a que te roben, te golpeen, te insulten o a que te delaten.

Y acabas por ceder.

Hace mucho que dejo mis cosas de “chico” en casa cuando salgo.

Sólo llevo lo que una chica debe llevar, menos tal vez. Soy simple y minimalista en todo.

Me gustan los vestidos.

A veces enseñó de más de lo que debiera, pese a mi sobriedad y lo monotónico de de mi ropa.

Es fácil que se me acerquen en los antros y en los clubs. Hablo con todos, no soy tan mamona como piensan.

En el Metro y el autobús me ha mirado con lujuria, me han manoseado, hasta se han masturbado sutilmente frotándose contra mí.

Llamó la atención, obviamente pero para llegar a esto. Mi realidad es como la de cualquier mujer, las entiendo y trato de protegerlas.

Como tg o tv -como prefieran- decir que “no” no es suficiente.

Cierto que hay hombres lindos y hermosos que recuerdo, pero a otros los prefiero olvidar.

Si esos que te abrazan, te besan, tocan tus piernas, tus nalgas, sujetan tus manos buscando que sientas sus penes duros para mostrarte lo que te estarías comiendo. Todo sin preguntar. Asumiendo que buscas sexo y nada más.

* * *

Cuando vivía en la colonia del Valle, acostumbraba salir a fumar. No muy lejos, a unos metros, había una taquería y un Oxxo. Caminaba un rato por ahí y por allá.

Cierta noche, un hombre me encaró, creo que quería llevarme a su casa.

Afortunadamente, un grupo de meseros me miraban desde el expendió por eso me tomé las cosas con calma.

Estaba pasado de copas y sólo le di mi número para que se olvidará de ese rollo y poder irme en paz. Hoy aún me llama.

Después de este suceso, dejé de salir por un tiempo para evitarme problemas.

* * *

No me gusta hablar de esto, saben.

Un día invité a un chico a mi depa, eran las primeras veces que lo hacia. La idea era conocernos un poco y ver que salía.

No era mi tipo, pero era simpático y nada más. Seguro no llegaríamos a nada.

Le dije que ya me quería dormir y que ya era tarde.

-Un rato más

Seguimos, pues, hablando.

Me levanté ya para invitarlo a salir. Parecía que nos íbamos a despedir. Empezó a abrazarme y a besarme.

Yo giraba la cabeza y me reía para decirle “ya papi, otro día nos vemos”.

-No mi reyna no me dejes así de caliente, estás bien buena. Te quiero coger

-No corazón, porfa, ya me tengo que dormir

Me tenía recargada contra la pared. Lamía mi cuello y mis orejas.

-¡Ey! no! porfa

-Mira cabrona, te voy a coger te guste o no

-Calmate por favor

-Cálmate tu pinche putito de mierda o ahorita hago un escándalo y digo que me querías robar. Además, bien que quieres verga y te lo voy a dar.

-Así no quiero

-Síguele y te voy unos putazos

Arrebató mi mano y la puso en su entrepierna mientras seguía empujándome contra la pared.

La tenía dura

-Sácamela

Le baje el cierre y empece a tocarla.

-Asi pinche puta, a poco no está bien rica

-Sí papito, le dije para ver si le baja

Me hizo girar. Mi rostro ahora daba contra la pared.

Tenía miedo. Torcía mi muñeca izquierda a mis espaldas para que no me moviera.

El hombrón me alzó el vestido y me bajo las bragas. Apretó mi pene con fuerza para masturbarme, me quería excitada pero no iba a pasar en esa situación.

Escuché como luchaba con la otra mano para abrir su cinturón. Su pantalones se deslizaron hasta sus pies.

Con los dientes rompió el empaque de un condón que traía en la bolsa de su chamarra.

Intentaba luchar pero me lastimaba al forcejear.

-Abre las piernas

Las separe por instinto, estaba embarrada contra el muro cuando empezó a penetrarme.

Cerré los ojos y esperé a que todo pasará.

No sentí nada en esos momentos. Cuando terminó se separó de mí. Sentí como su llave se aflojaba.

Se subió los pantalones. Yo tenía en condón aún en culo. Lo busque para sacármelo. Mientras el se iba como si no hubiera pasado nada.

Me sentí muy mal en los días siguientes, no quería saber nada de eso. Me volví más cuidadosa desde entonces, desconfiada.

Cambie las chapas y le dije al vigilante que si venía esa persona no la dejará pasar.

No sabía que había pasado, abusaron de mí. Esa fue la segunda vez. Y la última.

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Confesiones II

Darla Kalafina

Darla Kalafina

El “Zandunga” fue uno de los primeros relatos que escribí. Estaba casada en ese entonces y fantaseaba con la vida transgénero más seguido de lo que se debía, aunque sabía poco en realidad sobre ella.

Amaba esa historia. Estaba llena de cosas oscuras, sexo, fluidos, deseo, pasión y rencor. Pura ficción, que ya mostraba los tintes de lo que vendría, del huracán que se avecinaba y de los días por venir.

Desearía poder tener una copia de ese texto, pero las cosas se pierden por algo o porque nosotros queremos que pase muy en el fondo,

Este pedacito de mi vida que están por leer es triste. Agridulce. Así que si no estás en el mood, pasa a otra historia. Sino no estás preparado para compartir algo como yo lo hago contigo, mejor no sigas.

La historia la he repasado en mi cabeza muchas veces. Entonces, parecía imposible contarla a pesar de los cada día tomaba una forma distinta, llena como de un especie de hechizo que la apresaba. Saben nada dura para siempre.

Quizá les cuento esto por que me he pasado de copas con el vino o porque he fumado demasiado o porque me siento sola o porque evalúo tu vida, el lugar donde estoy, porque marzo es peculiar… En fin, tal vez tu tengas la respuesta que yo busco.

Memento mori es una bandera para mí: “Recuerda que morirás” y hay cosas que no me quiero llevar yo sola.

* * *

La publiqué en el sitio de un Sexshop -que aún existe- y que tenía un espacio para subir relatos eróticos.

En ese entonces estaba casada y aunque yo me sentía bien sólo jugando con las palabras detrás de una computadora las cosas se salieron de control.

Para las personas como nosotros vivir con esta dualidad nos orilla a sacrificar algo, una parte de nuestras personas en el viaje.

Vivir con alguien que amas y el impedimento ser tú se vuelve una lucha en la que no puedes bajar la guardia, se requiere escapes para que el balance continúe y las cosas sigan “bien” o “rutinarias” -al menos-.

El fantasma de ser transgénero no se puede evitar. Te atrapa y te consume. Ser mujer y hombre no es fácil cuando tienes pareja.

Te obligas a aparentar, nunca te puedes vestir, depilar, maquillar… Todo esto está prohibido.

Para saciar mis ansías de hombre acudía de vez en cuando a las cabinas que están en la Zona Rosa. Al principio era sólo para ver porno gay, ver que pasaba, escuchar a otros hombres amarse en segundos para luego abandonarse sin otras palabras más que: “¿Te gusto?”

Ese diminuto espacio atrapado en la oscuridad me cobijaba y me apaciguaba cuando las cosas se ponían complicadas en la casa y en el trabajo.

Ahí no había juicios o malas miradas. Muchos eran de clóset como yo y ese lugar nos daba lo que buscábamos,

Sucedieron varias visitas, hasta que por primera vez alguien introdujo su pene en el “glory hole” de la cabina de a lado.

Mi ignorancia en esos temas no me dejaba ver que lo que buscaban eran unos labios para desfogarse.

Al principio los ignoraba, me excitaba verlos. Luego empecé a masturbarlos. Con el tiempo empece a mamárselas. Un poco torpemente, después con más soltura y sin culpas.

Agradezco esos momentos porque mejoré en ello, lo sabía y lo sentía porque siempre terminaban en el condón que previamente les enfundaba.

La capa de látex que usaba para protegerme, tenía un doble sentido que luego comprendí: Quiero que me la metas.

Las películas pronto perdieron su sentido y la intención final era gozar y hacer gozar al vecino.

A veces había suerte, muchas nada. Eso me causaba frustración, sin embargo los aciertos me impulsaban a seguir asistiendo.

Algunos quería compartir mi espacio en busca de algo más.

Lo intenté sin éxito, intentaban penetrarme… pero estaba tan nerviosa que nada pasaba hasta ese día.

Recuerdo vividamente esa ocasión. Elegí la cabina de en medio, eso te da dos posibilidades, dos “glory holes”. Todo indicaba que no habría suerte, así que me acomodé en en el sillón de vinipiel.

Una verga entró sin avisar por el orificio de mi cabina. Grande, morena, limpia, con un glande delicioso.

La acaricié y le puse un preservativo para mamarla. Después de un rato hincada haciendo ese trabajito, el ‘chavo’ de la cabina contigua me pidió que le enseñara el culo.

Sin pensarlo mucho me bajé los pantalones. Me aleje para que lo viera. Con los dedos me indicó que me acercará.

Mis nalgas entraron en contacto con la improvisada pared. Sin querer mi ano quedó a la altura del “glory hole”. Sus dedos empezaron a buscarlo como una araña. Sentí la presión y el empuje.

Retrocedí. Volvió a meter su verga. Así que seguí chupándosela unos segundos más. Volvió a pedirme que me acercara.

Divagué un momento. Me senté de nuevo e intenté ignorarlo y pensar. Siguió llamándome me acerqué.

Dejé que sus dedos me abrieran. Se sentía bien. Del otro lado, alguien se percató de lo que hacíamos. Metía también su verga.

Me agaché más para podérsela comer mientras seguía picándomelas.

Sin darme cuenta y presa de ese juego, algo más grueso penetraba en mí.

Rápidamente lancé mi mano hacia atrás buscando respuestas. Tenía parte de su herramienta ya dentro de mí. Quise seguir. Mi segunda reacción fue estar segura que trajera puesto el preservativo.

Olvidé por completo la otra verga. Tape con mi bufanda ese otro hoyo y me enfoqué en mover el culo.Cogimos si se puede decir eso, considerando la pared que nos separaba.

Intercambiamos teléfonos para vernos después. Nunca nos llamamos.

Esas escapadas no me hacían sentir culpable, no lo consideraba una infidelidad, sólo una válvula de escape a mi confusión sobre mi confusa identidad de género y mi sexualidad que afloraba cada vez con más fuerza.

* * *

En casa todo iba bien hasta “Zandunga”. Ese relato después de subirlo, me trajo muchos hombres que quería conocerme.

Para mí era un juego. No pensaba en vestirme en ese momento, en mis adentros yacía una mujer pero controlada al extremo.

Chateaba con ellos, había sexo virtual y nada más. Estaba bien para mí. Todo era balance.

Hasta que un día me contactó un chico. Hablamos pero no me interesaba llegar más allá con él.

Le dije que era casado. Aún así insistía en verme. Terminé por darle el cortón.

Él no lo tomó bien.

Días después mi ex llegó con la cara pálida y con un manojo de hojas en la mano. Era mi historia con una dedicatoria fatal: Esto es lo que hace tu esposo mientras no estás.

De ahí en adelante las cosas se pusieron mal.

Ella me preguntó directamente que si era “gay”, lo negué.

Quizás este sujeto trabajaba en nuestra proveedora de internet y como el contrato estaba a nombre de mi ex, se lo envío. No quise investigar más, después de todo yo me lo había buscado.

Ella empezó a revisar mis cosas de manera habitual, mi teléfono y cajas donde guardaba cosas de antes de casarnos entre ellas unas películas trans que guardaba.

Entre las discusiones le dije que si quería me iría. Era lo más sano. Siempre he sido fría en esos temas.

Decidimos seguir…

* * *

Dejé de golpe todo lo que tenía que ver con mis escapadas y mi ansiedades. Nada volvió a ser igual.

Nuestras relaciones se empezaron a hacer esporádicas. Después quizo embarazarse. Yo no deseaba tener hijos en ese momento.

Nos convertimos en unos desconocidos en la cama y lo hacíamos a veces solo porque sí.

Creo que empezamos a vivir en una ficción sepultando lo que había pasado.

Yo a veces recaía y acababa en los mismos lugares esporádicamente . Me volví cuidadosa en extremo y así pasaron los años alcanzando una nueva paz inventada.

Yo no sentía culpa. Era una necesidad para mí. Lastimarla a ella era lo que me dolía.

* * *

Años pasaron y nuestra relación cobró otros tintes. Quizás habíamos superado ese momento. Otros igual de difíciles llegaron y cada quien se enfocó en su trabajo. Esa era nuestra vida.

Distante y compartida a la vez. Frágil y porosa. Pero algo nos unía.

Había dejado todo lo que me hacía sentir viva por ella y no bastó. Las grietas se hicieron acantilados. Terminamos siendo”roomies” en un departamento.

Ella hacía sus cosas, nunca las cuestioné. Soy de la idea de que las personas tienen que ser libres. Hacer lo que las hace felices y eso no interfiere con una relación, pero para los demás la posesión es importante e igual de dañina.

No me justificó es el camino que elegí.

* * *

El último año fue el peor, vacío entre los dos. Todos los sacrificios fueron en vano. Dejar de ser la mujer que soy, viajes, becas, oportunidades de trabajo fuera del país… todo en vano.

Estábamos a kilómetros el uno de otro. Como ya no parecía importar decidí citarme con un hombre.

Lo esperé en un Office Depot cercano. Mediataba mientras estaba sentada en la escalinata. Debajo de mi ropa llevaba media, tanga, ligueros y demás.

Me reconoció. Subí a su camioneta. Nos enfilamos a su oficina en Periférico cerca de Mixcoac. Era festivo como estos días, nadie trabajaba.

El de seguridad nos abrió el portón. Subimos por el elevador hasta el 5 piso. Buscó las llaves en su bolsillo.

Las luces estaban apagadas. Él conocía el camino, yo no. Me agarró de la mano para guiarme en medio de la penumbra.

Había un enorme sillón en medio de la habitación. Se quitó primero los pantalones y luego la trusa. Yo hice lo mismo, me quedé en tanga y con las medias puestas.

Su verga era enorme, erecta al 100. Me agazapé entre sus piernas para comerle el sexo. Extrañaba ese sabor, ese olor, esa palpitación un tanto arrogante.

Seguí postrado tragando su pene., parecía no importarle demasiado,  él lo que quería era penetrarme y nada más. Lo excitaba verme con medias y tanga.

Me golpeaba el rostro con su verga cada vez con más insistencia en una señal de pasar a lo que viene.

Sin pensarlo, me levanté para colocarme en cuatro a la orilla del sillón. Miraba mi culo con paciencia, mientras acariciaba mis nalgas.

Yo la quería adentro. Me hacía rogarle por ella mientras lamía mi ano y le escupía para lubricarlo.

Forcejeó un rato hasta que su sexo se acomodó en mi interior. Comenzó a cogerme duro, muy duro.

Me torcía en sus entradas, entre dolor y placer animal

-No te lo voy a sacar hasta que me venga, putito

Siguió hasta que ya no pudo aguantar. Nos vestimos en seguida,

Me aventó donde me había recogido.

Me sentí plena, pero mal.

Esa experiencia me hizo decidirme a irme de la casa. Comencé a buscar un departamento donde quedarme y lo renté.

Una noche de Halloween le dije que me iría. Los dos queríamos que pasará pero nadie se atrevía a dar el paso.

Al final lo hice yo. Fuimos a terapia algunas veces, platicamos a veces en buen plan, todo terminaba en una lista de cosas que yo hacia mal.

Esa discusión la teníamos desde que empezamos a andar, yo cambiaba por ella, ella lo intentaba por unas semanas y luego todo seguía igual.

Ese patrón se quedó bordado en nuestra relación. Opté por romperlo con no todo fue mi culpa. Esa frase trae al otro de regreso a la realidad.

Creo que yo era la mujer de la casa y ella el hombre.

Meses más tarde nos divorciamos.

* * *

Decidir cómo quieres vivir es complicado. Me pregunto que pensaría ella de mí hoy, si me viera arreglada o que leyera este blog.

Realmente no importa, esa decisión me abrió las puertas a un mundo nuevo, fascinante y digno de conocer y a ser más yo de lo que podía imaginar.

Suya Darla K.

Esa vez que no se puede olvidar

Darla Kalafina

Darla Kalafina

El jueves Santo pasó algo muchos años atrás. Lo recuerdo con cariño, añoranza y espacio.

Publiqué  hoy un estado en Facebook rememorándolo.

Entre los comentarios. Una chica tv me preguntó cómo había sido.

Pensé que había escrito esa historia en mis crónicas. Sin embargo no fue así… La razón la desconozco, considerando lo importante que fue en mi vida ese momento.

Una época en la que todo empezó a decidirse para mí.

En la vida, en lo interior, en el sexo.

Esa tarde marcó el inició de tener relaciones sexuales con hombres recurrentemente, sin miedo, sin remordimientos, con una libertad inexplicable.

Antes me daba miedo todo. Tocar un pene, hablar de sexo… Que me penetrarán era una crisis existencial difícil de explicar. Hacerlo me arrojaba a semanas y meses de sentir que algo se me había contagiado.

Al grado de visitar doctores que me decían que no tenía nada y cargar una culpa inventada que al final acababa dañando mi autoestima y mi salud.

Tonta, de mí…

Jueves Santo

En aquel entonces trabajaba en un periódico, mi vida personal después de mi divorcio era inexistente. Me había entregado por completo a mi trabajo.

Esa Semana Santa por fortuna pude descansar.

Recuerdo lo radiante del sol en esa temporada y lo poco sacro de mis pensamientos.

Había abierto una cuenta de Manhunt ya hacía unos meses con un perfil de chico.

Aunque siempre he sabido que soy una mujer, en ese momento no estaba lista para aceptarlo como lo hago ahora. Fantaseaba seriamente con ello pero no daba ese vital paso.

Recibí invitaciones en mi perfil de “Kabuki”. Al final nada se concretaba. Pese a todo, seguía revisándolo.

Quizá por designio divino, llegó ese mensaje. Ambos charlamos un rato. Antes no había Whats, debo aclarar. Sólo teníamos un rudimentario chat para para aclarar nuestras intensiones.

Mis dudas alargaban la plática.

Nos citamos cerca de donde yo vivía. Él había ido a visitar a su madre en un departamento cercano. Así que acordamos vernos en un puesto de periódicos que yo conocía bien.

Nuestro horario quedó establecido a las 2:00 pm.

Lo esperé bajo el incómodo calor de la Ciudad de México. Llegó sonriente y confiado en su auto.

Nos presentamos formalmente. Me invitó a entrar. Dimos un par de vueltas hasta que quedamos de ir a su casa.

Era mayor que yo. Tenía más de 50. Delgado, medio pelón, ojos claros, voz gruesa y linda sonrisa atrapada en su cana barba.

Confiado seguro de sí, pero a la vez vulnerable. Sabía que yo estaba nervioso. Lo entendía. Sabía cómo manejarme.

El trayecto hasta las afueras de Xochimilco, más allá de Tepepán fue rápido. Una de las maravillas de los días santos.

Su pareja había fallecido hace unos años y desde entonces andaba solo. Era abiertamente gay. Inter decía.

Su casa era rústica pero acogedora.

Abrió el portón estacionó su auto en el amplio jardín plagado de arboles de muchos tipos.

Estábamos en una especie de colina que permitía mirar más allá de lo que se ve desde una ventana común.

Lo verde del paisaje contrastaba con mis imágenes citadinas de hormigón y asfalto cada vez más gris.

Conocía los rumbos, crecí en la parte sur de la ciudad. Recordaba un antro llamado “El Antro” por ese espectro de ubicación.

No vivía solo. Compartía la vivienda con alguien más.

Atravesamos el vestíbulo y le mencionó mi nombre sin ningún remordimiento. Seguimos  hasta a su habitación limpia y luminosa.

Dejó la puerta abierta. Me agradaba su apertura ante el sexo y ante todo.

Se dedicaba a ser activista y trabajaba en una asociación de lucha contra el VIH.

En las repisas de su cuarto fotos en blanco y negro de él, su madre y personas que no me presentó.

Sabores

Nos desnudamos sin prisas. Me contempló por largo rato. A pesar de ser tan varonil, había algo de femenino en su voz.

Nos empezamos a besar. Me resistí un poco.

  • ¿Te puedo sacar una foto?

-Le dije que no

Quizás debí aceptar esa proposición. Las fotos me incomodan, me muestran como no soy en realidad y eso duele.

Nos tocamos. Pude sentir su cuerpo tibio pegado al mío. Su sexo a la altura del mío.

Girábamos en la amplía cama probando nuestros alcances.

Aún en ese instante no estaba seguro de seguir…

-Puedo fumar mota, me ayuda y a ti te relaja

-Le dije que sí

Armó un cigarro y lo compartió conmigo. Empezamos a besar hasta que la teníamos bien dura los dos.

Se la comencé a mamar sin prisas. Mi nariz estaba impregnada del olor de su sexo y su vello púbico me acariciaba.

Hicimos un “69” quedé arriba para que disfrutara al visión de mis nalgas y me deseara.

Los minutos pasaron y se virtualizaron en sombras sobre la cortina.

-Quiero metértela

Le supliqué que lo hiciera

Me untó lubricante que tenía en la repisa y poco a poco me la empezó a meter.

Cuando sintió que no abría dolor comenzó a cogerme con calma y una pasión difícil de olvidar. Supongo que le gusté.

Me hacia dar vueltas, cruzaba mis piernas… buscaba la forma de penetrarme más profundamente, de que ambos gozaremos más.

Usualmente terminan rápido. Él no, seguía en su lucha sin cuartel conmigo, liberándome de mis remordimientos e inseguridades es cada entrada de su pene entre mis nalgas.

Al final ya no pude más y le pedí parar. Me ardía el culo.

Nos tendimos. Yo me agazapé en su pecho y hablamos sobre su vida, su pareja, su vida sexual y cosas que te debes saber para no temer acostarte con un hombre.

Helado

Nos levantamos a tomar agua.

Su compañero nos vio entrar desnudos sin ningún sobresalto.

-Hicimos helado en la mañana

Me sirvió un poco. Estaba bueno, debo decir. Nos quedamos solos sentados muy cerca en la enorme mesa.

Decidimos regresar a la habitación a seguir cogiendo.

Se la sujeté con una mano para entrar en calor y sentir su textura.

Segundos son suficientes, me desvanezco hasta postrarme ante él y pagar por ese postre.

Su verga cobraba vida, fuerte y fulgurante. Pulsaba arrastrada por la sangre que bombeaba su corazón.

Esta golosina me acabo de convencer que esto era lo que buscaba.

Me dio la vuelta cuando la sintió lo suficientemente dura para metérmela de nuevo.

Mi ano ya estaba acostumbrado a su grosor y extensión.

Su verga se deslizó hasta donde pudo y empezó a empujar y a empujar.

Se recostó para que me sentará en ella. Quería ver mi cara al momento de que su pene se perdía entre mis nalgas.

Cabalgué sobre su pene un rato.

A él le gustaba cogerme de misionero y cruzarme las piernas. Sentía dolor en esa posición después de un rato, lo dejé seguir y seguir.

La sacó de mi culo y se sentó en mi pecho para que se la mamara. La devoré con gusto, mi ano se relajaba pero aún sentía el hueco que había dejado.

Era agradable y me excitaba esa sensación. No tardó en inundar mi boca de su cremosa leche. Salida y tersa.

La trague sin más.

Me pidió quedarme a dormir con él. Lo deseaba, pero le pedí que me llevará a mi casa.

Nos despedimos con un beso.

Con amor a mi zorro plateado
Si un día lees esto sabes que te recuerdo.
Te debo parte de l o que me he atrevido a ser hoy.
Espero que estés orgulloso de mí.