Vende caro tu amor

Darla Kalafina

Darla Kalafina

Un domingo de puente cualquiera, de esos que todos hemos vivido. De esos en que quieres hacer algo pero todo estará cerrado. De esos en que todos tus amigos se fueron a un lugar más divertido. De esos en que ya viste todas las películas de la cartelera.

Estaba tirada en la cama mirando al techo, mientras escuchaba las quejas de mi ex vecino. Siempre se quejaba por cualquier cosa, por el ruido, por el amor, por la luz, por el cobro de la renta…

Para colmo su novia llegó, lo cual sólo empeoró las cosas. Harta de aquello y a pesar de que pasaba de las 10 me calcé mis botas y salí.

Las calles estaban solas así que caminé sin destino consiente.

* * *

Mi antiguo departamento estaba cerca de Nuevo León. Por lo que se me hizo fácil seguir avanzando hasta llegar a la zona donde “Ellas” se ponen.

Hacia tiempo que quería hacer el experimento de pararme ahí y ver que pasaba.

Atravesé la calle a la altura de la gasolinera. Unos metros más allá las vi y ellas a mí.

En sus churriguerescos rostros, una sonrisa que se leía como: “Una novata” se pintó tanto como el carmín de sus labios.

No dejé que eso me intimidará y me paré cerca del Banamex. Saqué un tabaco y empecé a fumar. Eso marcó el inicio del cronometro.

Me había planteado estar ahí 45 minutos solamente. ¡Solamente!

Iba muy normalita, un vestido azul nada entallado, medias de red y maquillaje un poco cargado.

Lo que me aterraba más eran las patrullas.

Pensaba no puedo competir con esas “muñecas” resultado de la cirugía y de los tratamientos por los que yo no he pasado. Además mi falta de tetas -obsesión común en los hombres- reducía mucho más mis posibilidades.

* * *

A los 30 minutos el frío me empezó a calar. Así que me abrace para calentarme. Es difícil estar ahí horas, esperando que alguien te elija.

Es difícil estar sin resguardo, a la intemperie y bajo algunas escasas estrellas. ¡Piénsenlo chicos!

Un auto rojo había dado varias vueltas. Se detuvo y me llamó. Nerviosa me acerqué mientras el bajaba la ventanilla.

Era un cuarentón con una camisa de cuadritos desfajada y unos jeans deslavados.

-¿Cuánto?

-500 por una hora

-¿Y por una mamada?

-300

-Súbete

Lo revisé un par de veces para estar segura de en que me estaba metiendo. Eso de andar de puta, son negocios riesgosos.

Me abrió la puerta y me subí. El auto estaba limpio. Había un disco de éxitos de los 80 a un volumen moderado.

Dio un par de vueltas más hasta que llegamos a una calle solitaria.

Se abrió la camisa y desabrocho sus pantalones. Al tiempo que tiraba el haciendo lo más atrás que el mecanismo se lo permitía.

Sacó un Camel  mientras yo le acariciaba el pecho y se la ponía dura con la otra mano.

Cuando estaba lo suficientemente larga y tiesa comencé a chupársela despacio, muy despacio, como si nada me importara, como si no estuviéramos ahí.

Tenía las manos entrelazadas tras su cabeza. Un nuevo cigarro lo arrebató de esa postura.

El humo nublaba aquel espacio que se extinguía cada vez que mis labios rojos se deslizaban sobre la piel de su pene.

Mientras mi lengua acariciaba sus imperfecciones y su glande. Mientras succionaba un poco de su vida en cada sorbo de esa caricia.

Su manaza atrapó mi nuca tanto como fue posible para que su verga llegará a mi garganta.

Tragué sus huevos para estimularlo. Estaban pesados llenos de semen y apunto de reventar.

Al ritmo de ‘Oliver’s Army’ llegó al clímax con varios estruendosos chorros de leche que brotaron incontrolables a mi boca.

Mientras él se recomponía me agazapé en mi asiento.

-¿No te dedicas a esto verdad?

-No, ¿Cómo lo sabes?

-Por tu forma de hacerlo y tu cara

-De todas formas te voy a cobrar

Se ríe

-Me llamó Jesús

-Yo Darla

-Darla no te metas en esto

Me pagó lo acordado y me dejó donde me encontró.

Al despedirse me pidió mi número se dirigió a ver su mujer.

* * *

Mientras él se perdía en la avenida emprendí la vuelta a casa. Un auto blanco avanzaba a mi paso.

-¡Ey!

Me hizo señas. Yo ya me iba. Dudé.

-Buenas noches reina, ¿Cuánto cobras?

-500 por una hora más el hotel (muy importante)

-Súbete

Jamás pensé que se decidiría. Una vez más la portezuela se abrió y mis piernas se montaron en el auto.

Juanjo era chofer de Uber más por aburrimiento que por necesidad. Se había jubilado hace tiempo y le entró el gusto por las tvs y trans cuando quedó viudo hace como 5 años.

Una corona de blancas canas adornaba su brillante pelona.

-Me gustaste desde que te vi hace rato. Fui a dejar a alguien y regresé: Chance y me la topo, ¿no?

Sonreí

-No hablas mucho, nunca te había visto por aquí… etc.

Cuando las personas desean hablar lo hacen y hay que escucharlas.

Recorrimos reforma y parte del centro, paréntesis nada sexual en donde me contó cosas de sus hijos que ya no lo visitan desde la muerte de su esposa. El peso de la soledad.

-¿A qué hotel vamos, reina?

Quizás un destello de ternura movió algo en mí al grado que le dije: ¡Vamos a my house Darling!

Entre las anécdotas de su Uber parecía que habíamos sido transportados a la oscuridad de mi casa.

Apagué la luz del pasillo en cuanto entró y lo conduje a mi habitación, tan austera como yo, tan simple como yo.

En la penumbra me tiré a sus brazos. Quería consolarlo. Quería quitarle un poco de su dolor.

Nos quedamos a centímetros de la cama tocándonos, descubriéndonos, besándonos con euforia de su parte y un poco de ternura de mi parte.

Poseído por el momento se apresuró a desnudarse. Y luego a mí, sólo me dejó los tacones, las medias y la tanga.

Él se recostó y yo sobre él. Me acariciaba como si quisiera dejar marcas por toda mi carne.

Nuestros penes se tocaban, están tibios y su erección me calentó. La tenía grande y gorda.

Rasguñe su pecho mientras me arrojaba a las partes bajas de su cuerpo para tragarme esa imponente verga que ya quería que me cogiera.

Pero antes quería probarla, saborearla, hacerla escurrir un poquito… sólo lo necesario para que me rogará por mis jugosas nalgas.

Me atraganté con su chorizo.

Juanjo disfrutaba a mares mi felación, tanto que se puso de pie para hacérmela tragar sin piedad alguna.

Se quería venir pero yo no se lo iba a permitir. La quería toda dentro de mí, con todas sus implicaciones y consecuencias.

Me paré a buscar condón y lubricante, mientras el se tiraba de nueva cuenta en la cama y buscaba acomodo con las almohadas.

Lo hice esperar. Mala de mí.

Su verga estaba perdiendo su dureza. Un par de profundas degustaciones fueron suficiente que recobrará su vigor. El condón atrapó a regañadientes la talla de su pene.

Lo llené de lubricante. Hice lo mismo con mi ano. Un poco mas. El el frío lubricante escurría por mis nalgas.

Mientras lo miraba y él me miraba le dije:

-Esto me va a doler más a ti que a mí. No es justo

-La vida no es justa, pero te va a gustar y después ya no te vas a querer bajar.

Me monté dándole la espalda. Separé mis nalgas para que encontrará donde blandir su espada.

La punta rozaba mi ano. Ese enorme aguijón esperaba ansioso por picar.

Sin embargo… Se resistió un poco. Ahora la ansiosa era yo.

Por fin, un embate asesino.

Bajo lentamente para no hacerme daño. Siento como penetra mis entrañas arrancándome gemidos.

Estoy totalmente sentada. El acaricia mi espalda y mira mi tatuaje. Pasa una eternidad hasta que me siento cómoda.

Empiezo a agitar mi culo para deslecharlo.

Estoy sudando a mares, pero Juanjo tenía razón no me quiero bajar.

Un placer extraño me inunda, un frenesí casi animal.

No puedo parar quiero más.

Juanjo me hace girar ahora esta entre mis piernas.

Extrañamente me llama Karina, al tiempo de que me la mete más y mas duro.

Me cruza las piernas y con sus manos hace un nudo para no soltarme a ningún precio, mientras pone a prueba mi flexibilidad.

Se vuelve más salvaje, aprieto los dientes para no gritar y pero me ganan las fuerzas.

-¿Dónde lo quieres?

-Donde quieras papi

-En la cara

Me arrastro para quedar a la merced de su pito que me baña de semen dulce y agrio.

Lo saboreo mientras escurre hasta mi boca y mi cuerpo aún se mueve con espasmos de placer.

Tras la sacudida, me limpio en el baño.

Acompaño a Juanjo hasta su auto. Intercambiamos télefonos y una bien ganada paga.

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Trilogía: Next door

Darla Kalafina

Darla Kalafina

Paso demasiadas tardes de chica encerrada en mi departamento. Veo la tv, escucho música, leo… Cosas habituales. Es sencillo acostumbrarse. La vida es simple si la ves de esa manera.

Eres alguien cuando sales por la mañana. Eres otra cuando atraviesas el umbral y corres lo cerrojos. Uno primero, otro después.

¿Quién es quién?

* * *

Hecho de menos la lluvia, los días frescos… y la indiferencia citadina. Tan patentada en la Ciudad de México. Aquí todos parecen preocuparse por ti.

El sol parece nunca ocultarse, aunque se lo supliques con la vehemencia con que se adora a un dios pagano.

Siempre brilla… tanto que las noches son puntos al final del día.

Puntos y comas en la suspensión de la realidad.

Me he habituado a salir a fumar a la puerta de mi casa pasadas las 12… Las luces del edifico siempre están apagadas, el viento sopla con sutileza y los grillos cantan apenas.

A veces sólo porto una braga y una sencilla playera. Otras un vestido. Peluca y maquillaje son indispensables para mi papel.

Me apoyo en el pasamanos y miro los autos pasar desde las alturas. Hay pocos inquilinos.   Unos van otros vienen. Aprecio eso.

Me he perdido en el abrazo nocturno y no he notado que desde una ventana me miran. No es la primera vez supongo, desconozco desde cuando.

Dudo que se dé cuenta de que soy.

Estoy de buenas, sigo ahí sin hacer nada… Enciendo el tercer cigarro. Ese hábito entra y sale de mi vida.

Le doy una bocanada. Quizás tengo demasiadas cosas en la cabeza que ya se ha consumido. Lo suelto para ver su luz perderse en caída.

Regreso a mi encierro. La única luz que brilla es la del baño. Esta vez sólo he jalado de la puerta. Bajaré a tirar la basura después de quitarme la ‘máscara’.

[Por si te lo perdiste:  Trilogía: De las cenizas]

Me he sentado en la silla de barra de la cocina a quitarme los tacones.

Una mano se posa en mi hombro. Me asusta. Un espasmo frío recorre todo mi cuerpo.

Trae una gastada playera de algodón que usa para dormir y unos shorts. Está descalzo.

Mientras reacciono se despoja de esas prendas. Su vigoroso sexo está más vivo que yo en ese instante.

Está tan cerca. Sólo necesito extender la mano para tocarlo.

Es tersa, larga y sin circuncisión. La empiezo a acaricias. Sus testículos penden como esferas en un árbol de Navidad.

Rompe el silencio al contacto de mis dedos, que se escurren sobre ellos. No me detengo ahí.

Le mordisqueo los duros pezones bañados por el sudor disperso por el denso vello que los cubre.

Me pongo a sus pies para darle lo que busca.

La trago intensamente mientras el acaricia con cierta ternura mi cabeza.

El aire acondicionado y las sombras son nuestros únicos cobijos.

Sé que lo disfruta, porque sus manos ahora son tenazas aferrándose a ese placer.

Seguimos y seguimos…

Me levanto y me recargo. Busco un preservativo en un cajón cercano, el cual se resiste a salir.

Enfundo su pene en látex. Me doy la vuelta para que la meta.

Las bragas se desplazan por mis piernas despojadas de toda fuerza.

Me aferro  a la barra al sentirlo.

Siento dolor y lo sabe por eso se aferra a mí, esta noche quiere cogerme.

Me resisto, pero es inútil. Estamos unidos.

Con una mano me tapa la boca para que no haga ruido. La otra ha encontrado mi pito.

Quizá no era lo que buscaba o tal vez sí.

Se excita más.

Chupo sus dedos mientras el me culea cada vez más duro. Y no quiero que se detenga. Pero la naturaleza se impone.

Nos quedamos en esa posición recuperándonos. Por fin, el ahora flácido vinculo que los ataba se desvanece en una bolsita.

Acaricia mis nalgas. Y se va.

Al día siguiente regresa por su ropa y le invito un café…

Trilogía: De las cenizas

Una toma decisiones. Una cambia. Una se deja llevar… Ahí me encuentro hoy, en otra ciudad, una donde todo es distinto.

Buscando respuestas y quizás un cambio de destino radical. Olvidar todo, guardar los días de locura en algún clóset.

Lo pensé mucho, tanto que me cansé. Tanto que no hay respuestas por ahora.

Tomé mis maletas, dejé muchas cosas… Tacones, vestidos, pelucas, ropa y más ropa.

Recuerdos al por mayor y al por menor. Pedazos de mí en las paredes y en las calles.

Meses han pasado, sin que hiciera nada. No tener nada y estar en un espacio poco amigable para lo que soy, es un barrera de contención única y casi infranqueable.

Los sueños húmedos y el porno ayudan. Pero al final sigues siendo tú.

Extraño el calor de un cuerpo, el aroma del maquillaje, el tacto de un lindo vestido.

Pensé que podría.

* * *

Ángel se sacude al  eyacular en mi cara. Lo disfruta enormemente. El pegajoso líquido que brota de su verga, es su manera de hacerme suya.

Tiene 51, es divorciado. Sus hijos ya son todos mayores.

Él también quiere una nueva vida, la cual empezó con un anuncio en un sitio local.

‘Busco pasivo femenino’

Pronto nos dimos los teléfonos y chateamos por Whats.

Un sábado nos encontramos en un centro comercial.

Supongo que era lo que el buscaba. Nos montamos en un auto. Terminamos en mi departamento y platicamos largo rato.

Con unas cervezas encima no era difícil imaginar que seguía.

Terminó pronto. Yo estaba nerviosa. Temía que me doliera como antes, como al principio.

Mi ano pronto recordó que se sentía una verga.

Ahí quedó nuestra primera cogida. Exprés, intensa y tropezada.

* * *

No tardé mucho en contarle de mí. Mientras lo hacía le daba una rica mamada a su enorme verga. Cada palabra que decía entre chupadas, hacía que le pusiera dura y más dura. Hasta que una enorme cantidad de semen brotó.

Me senté a su lado mientras descansaba y le mostré mis fotos.

-Te quiero tener así

Obvio, le dije que no se podía porque no tenía nada. Le expliqué que me había deshecho de todo. Mis palabras no le bastaron.

A Ángel le gustaba que yo estuviera desnudo todo el tiempo. Supongo que así hacerme suya con las nalgas siempre a la vista, sería más rápido.

A veces venía y para contarme algo o sólo para que no estuviera solo. Y de antemano, sabía que en cuanto entrará tendría que quedarme sin nada.

Esta ocasión no era la excepción.

Ángel insistió pese a mis -según yo- justificadas negativas.

Él no era un hombre que acepta ‘no’ de una chica tan fácil.

Me llevó a la orilla de sofá y comenzó a penetrarme. Pellizcaba mis pezones fuertemente.

-Sigues diciendo que ‘no’

Confirmé con la cabeza.

Cada vez que lo rechazaba me cogía más duro.

Sus embates comenzaba a hacerme daño y él lo sabía.

-A ver perrita, no estás entendiendo la cosa. Quien manda aquí soy yo.

-Para, me haces daño

El ardor en mi ano causado por el implacable entrar y salir, sólo era soportable por el placer de que te supliquen de esa manera.

Le faltaba el aire, tenía la cara roja… pronto terminaría aquella tortura.

Sin embargo, me rendí primero.

-Lo haré, pero para me está doliendo mucho

Aquellas palabras fueron un bálsamo para él.

La sacó de mi culo sin venirse. Guardó su pene -aún duro- en la trusa  y cerró el zipper del pantalón.

-Bien perrita, te veo después.

Salió del departamento, después de darme un profundo beso.

Esa experiencia me dejó no sólo adolorido, sino confundido sobre muchas cosas.

* * *

Evité a Ángel por semanas.

Pero como dije antes, él no es de los que se rinden fácilmente.

De la recepción me llamaron, había un paquete para mí. Una caja sin mucha gracia. La abrí hasta que llegue a casa.

Era un vestido corto azul. Evidentemente no era de mi talla. Venía el ticket y una tarjeta:

Espero haberle atinado a tu talla. Por si acaso te dejo el ticket. Mi verga te extraña perrita, así que no te hagas pendeja. Ya quiero ponerte en cuatro con tu carita de mustia bien maquilladita y tus taconcitos. Con esa boquita de mamona que tienes bien pintada de rojo. Ya quiero escuchar esa voz de niña bien que tienes, rogándome para que te la saque. Porque que te voy a coger más duro que la última vez.

Al leerla la nota, se me paró. No todos los días te prometen el paraíso y… el infierno en un solo boleto.

Le mandé un Whats:

-Dame un mes. El 24 de junio ven a mí casa. Hasta entonces.

En esos días meses me dediqué conseguir todo lo que necesitaba. Primero cambié el vestido. El maquillaje fue fácil al igual que la tenga y el bra. Los tacones y la peluca corta que pedí apenas llegaron  a tiempo.

* * *

Ese sábado, me tocó ir a trabajar. El despertador sonó y había un mensaje en mi whats:

-Después de las 10 de la noche me doy una vuelta por tu casa perrita. No me quedes mal, mi vida. No me la he jalado en un rato para darte tu lechita.

La mañana y la tarde pasaron sin grandes sucesos. Plática casual en la oficina, acompañada de qué vas a hacer al rato y nada más.

Los nervios me alcanzaron cuando entre a mi depa. Fumé y me bañé. Me quedé un rato desnuda contemplando mi segunda piel sobre la cama.

Comencé a vestirme sin mucho afán. Comencé con la tanga. Al ocultar mi flácido  pene entre las piernas y esa diminuta prenda, una energía recorrió mi cuerpo desde los pies hasta el cabello.

Sin notarlo y como si me hubiera perdido en un sueño, ya estaba dando los últimos retoques al maquillaje.

Pinté mi boca de carmín y calcé los tacones

Pasaba de las 9, y como buena señora madura me puse a hacer cosas de la casa.

El reloj marcó las 10, las 11, las 11:30… 11:40… 11:50… 12:05…

-No vendrá

Quizás un poco aliviada me hice un té y busqué un cigarro.

-Me lo termino y me desmaquillo

Del tabaco sólo quedó el filtro. Me levanté y enfile al baño. Agité el desmaquillante y un mensaje iluminó la pantalla de mi teléfono.

-Perrita, estoy abajo. Sal

¿Salir? ¿Qué pedo? Bajé los tres pisos con los tacones en las manos para no hacer ruido, de pasada un madrazo inminente.

Presioné el botón del portón. Afuera estaba la camioneta de Ángel. Estaba sentado mirando la oscuridad de la noche.

Jalé la manija y me metí.

-Pinche cabrón, ¿Quién te crees? Quedamos a las 10 y que es esta mamada de hacerme salir. Ya sabes cómo son las cosas aquí ¿Qué chingados tienes en la cabeza?

Ángel me miraba con una sonrisa ante el pancho que le estaba montando.

-¡No te rías, lo digo en serio!

-Cabrón si que te transformas. Hasta te comportas como vieja

Puso su manaza en mi piena. Encendió la luz del interior del vehículo y me revisó toda.

Sus ojos se llenaron de lujuria.

Acercó su cara a la mía y me dio un profundo beso. Su lengua se amarraba a la mía.

Lo empujé. Y le dije que no saldría así.

Estaba a punto de abrir la portezuela cuando me sujeto del brazo

-Mira pinche Rafa. Me valen verga tus desmadritos. Eres un pinche putito que le encanta que le den por detrás. Y sólo debes tener claro, que eres mi puta. Y de ahora en adelante sólo vas a ser mujercita cuando estés conmigo.

Me quedé en silencio ante el regaño.

-Así que empieza a olvidarte de esa actitud de ‘que el mundo no te merece’, porque hoy voy a borrarte esa jeta de pinche niña fresa mamona, que habla bien acá y que cree que lo sabe todo. Y de esa mirada altanera, mejor vele diciendo adiós princesita, porque tú y yo sabemos que por tu culo ya han desfilado muchos.

Ángel arrancó. Estuvimos dando vueltas por un rato. Nadie hablaba. Obviamente tenía cara de enfado. Una estación transmitía rock es español y me perdí por unos minutos entre las letras. Giré la manivela de la puerta para que entrará aire fresco y encendí un cigarro.

-¿Qué piensas?

Por fin habló

-Nada que tienes razón, en algunas cosas.

-Mira perrita, acéptalo es todo y tendrás menos broncas. Si eres puto eso eres, si eres mujercito eso eres. Estás bien pendeja porque con ese cuerpo y esa cara ya te hubieras operado y mínimo en una esquina sacas lo que te gastaste en la operación. Ya estás ruca ni pedo. Yo me casé. Eso nos hace bien pendejos.

-Pues sí

-Te traje lo que me pediste.

Ángel me acercó una bolsita con unas pastillas.

-No se si sean tachas o no. Se las robé a uno de mis hijos.

Desde la universidad no me metía una, así que me habían dado ganas de probar una. Le comenté y me dijo que su hijo se metía esas cosas cuando iba a esos de música electrónica que frecuentaba.

La puse en mi lengua y empece a sentirme eufórica, liberada… y bastante parlanchina.

Perdí un poco la noción del tiempo y la ubicación. Bajamos, subimos calles. Regresamos y  seguimos. Ángel tenía ganas de manejar.

Sin avisar se detuvo bajo un puente peatonal.

-Bájate aquí

Sin replicar lo hice. En cuanto cerré la puerta, Ángel se arrancó.

* * *

Avancé unos metros para guarecerme bajo una luminaria. Extrañamente estaba muy tranquila, tanto que saqué con calma la cajetilla de Camel y encendí uno, buscando una salida en el humo.

Alguno que otro vehículo pasaban delante de mí sin notarme o ignorando mi presencia de manera voluntaria.

A diferencia de la CDMX, aquí siempre hace calor y en las noches en esta época del año apenas refresca.

Busqué mi teléfono, para pedir un Uber. No había ninguno cercano. Empezaba a caer en pánico.

15 minutos después Ángel regresó con varias cervezas.

-A poco te asustaste

-Sí

Lo abracé y lo besé

-Te dije que te iba a quitar lo mamona. Échate una pa’el espanto.

-Compadre, presente a la ‘princesse’.

En la carrera no noté que había alguien atrás.

-Mija dile cómo te llamas

-Paloma

-Hola, mi reina pásate para atrás para que platiquemos. El pinche Ángel es bien aburrido o ¿No, Palomina?

-Más o menos

-Pásate para atrás y atiéndelo, ya sabes que no soy celoso, je, je, je

Ángel se detuvo un segundo a comprarme cigarros en Oxxo, aproveché para hablar con el ‘Compadre’.

Tendía unos 35 años, era delgado, olía a cigarro. Su cabello era muy corto.

Empezamos a platicar de tonterías mientras Ángel era nuestro chofer.

-No mames pinche Ángel, tu puta está rebuena. Lastima que tiene mecha. ¿Oyes, y es apretada o presta? Porque tiene cara de súper pinche mamona

-Ya la adiestré para que sea buena puta, así que dale

Al oir, eso el ‘Compadre’ que se llamaba Pedro comenzó a fajarme sin inhibición alguna. A besarme con esos besos, que dejan marca. Bajo su pantalón una verga más grande que la de Ángel humedecía la tela.

Pedro lamía mi pecho cuando Ángel dijo: Ya llegamos.

* * *

La fachada del hotelucho era vieja y lóbrega. A los pasillos les faltaban focos.

Ángel me llevaba de la mano para impedir que diera un mal paso. Ilusamente, ese lo di ya hace varios ayeres.

El pesado llavero con el número 26 hacía ruiditos a nuestro andar y parecía perder el control mientras se abría la puerta.

Para mi sorpresa, los cuartos estaban en buen estado aunque encerraban un profundo olor a sexo añejo.

Una cama coronada con una cabecera de madera y metal era el centro de todo. Un pequeño baño al fondo, cuya tubería hacia ruido. Un aire acondicionado que enfriaba como el polo. Una mesita con un menú de bebidas y un cenicero. Condones de cortesía. Un teléfono sacado de alguna barata de los 80.

Los dos tipos con los que me habían arrastrado en aquel tugurio, se desnudaron.

Ángel se sentó en un sillón verde pardo junto a la ventana por donde se filtraba el rojo neón del destartalado anuncio de ‘Hotel Garage’.

El ‘Compadre’ me arrastró rapidamente a la cama para seguir con lo que había empezado. Tenía una imponente erección.

Nos fajábamos intensamente en la penumbra. A fuera pasaban autos y camiones pesados a ratos.

Me pidió ponerme en cuatro para comerme el culo. Su áspera lengua como de gato me hacía sacudirme de vez en vez.

Me sujeté de los barrotes de la cama. Mientras cerraba los ojos, sentí que Ángel se deslizaba entorno a nosotros.

Sus dedos tocaban mi espalda y besaba mi nuca con cierta ternura. Del piso recogió mis medias y las olfateo como un sabueso. Luego empezó a rodear mis manos para que quedará juntas.

Posé la mirada con esa expresión de un desconcierto sometido al jugueteo que sucedía en mis nalgas.

Se limitó a ponerse un dedo en la boca en señal de que no dijera nada.

En un tirón me elevó a lo más alto de la cabecera mis manos, concretando un nudo que me permitiera estar cómoda, pero no liberarme fácilmente. Pero, sobre todo, que no me dejará cambiar de posición.

Con su pañuelo vendó mis ojos, aunque le pedí que no lo hiciera. El respondió arrancándome de tajo la liviana tanga que apresaba mi sexo masculino. Dos fuertes nalgadas se sumaron al castigo.

Sentí un cuerpo acomodarse con calma entre mis piernas. El frotar de un sexo agonizante de placer. El tacto del látex. El aroma a cerveza emanando de la boca que consumía mi espalda desnuda.

El forcejeo absurdo de una verga buscando torpemente por donde colarse dentro de mí.

Una batalla perdida antes de empezar… El cuerpo carnoso se escurrió directo hasta el fondo haciendo salpicar gotas de lubricante sobre la colcha.

El ‘Compadre’ no tenía prisa. Su verga entraba y salía sin parar. Sus huevos eran grandes y rebotaban acompasados por el clac, clac del sexo.

-Pinche ruca estás bien rica. Así me gustan maduras y aguantadoras. Después de hoy ese culito me va extrañar todos los días.

Después de un rato mi ano se tragaba el pito del ‘Compadre’ con facilidad. Me había entregado a ese momento.

-Puta madre, puta madre…

Por fin se vino. Acarició y besó mis nalgas.

-Gracias por el regalo ‘Princeso’, cuando quieras te vuelvo a dar una arrastrada

Pedro se vistió y se sentó al lado de Ángel a hablar sobre un negocio. Ambos bebían cerveza.

-Los dejo tórtolos, mi vieja me va armar un ‘panchote’, pero ni pedo estuvo rico el culito.

Ángel estaba muy caliente después de ver aquel palo que me había echado. Así que en cuanto el ‘Compadre’ se fue ocupó su lugar entre mi culo.

A diferencia de Pedro, Ángel cogía duro… muy duro. Tanto que empece a quejarme.

-Ni te quejes perrita, sé que te encanta que te la meta ¿A poco no?

Ángel comenzó a penetrarme más profundamente.

-¿A poco no?

-¡Sí mi rey!

Aquella simple afirmación lo prendió más.

-¿De quién es este culito?

-Tuyo

-¿Ya sabes lo que eres verdad?

-Sí, soy tu perrita. Sígueme cogiendo papi, así duro como lo haces.

-Eso eres un piche puto, que le encanta la verga. Así que olvídate de tus mamaditas y métetelo en la cabeza.

Ángel siguió por decenas de minutos. Volviéndome en lo que suponía que debía ser. Convenciéndome de un camino. Se sentía una suerte de liberador y maestro.

Agotado bajo de su montura y me soltó. Dio unos pasos. Su verga gorda y larga escurría lubricante sabor a hombre.

Colocó una toalla sobre su espalda. Se recostó en el sofá y me llamó para que se la mamará.

La comí con ansía. Mientras se refrescaba con una Tecate.

Frotaba su verga contra mi rostro, cuando el cálido líquido de su pito chorreó copiosamente, desbordándose entre las formas angulosas de mi cara en una caricia que no había sentido antes.

Comencé a comérmelo. Mientras Ángel me veía con cierta satisfacción y un poco de orgullo.

-¿Dónde quedó la niña fresita? Esa es la cara que quiero verte siempre.

Cogí la toalla y me limpié. Me senté a su lado y lo abracé un rato.

Nos fuimos cerca del amanecer…