Días comunes

Darla Kalafina

Darla Kalafina

Como muchos de ustedes saben -o al menos deberían saber o se imaginan- actualmente me encuentro fuera de mi querida Ciudad de México (CDMX). Se que es por trabajo pero me gusta la aventura, probar un poco de lo que hay más allá de los bordes del centro.

Claramente, he estado fuera del centro. Soy TV/Transgénero nada más transgresor que eso, no existe.

Para las fiestas navideñas, se me permitió tomarme unos días para trabajar desde la CDMX y  pasar tiempo con la familia.

Los que me siguen desde hace años conocen que esos no son mis mejores días.

Siempre intento tener trabajo en esas fechas. Evasión casual o autoinducida para olvidar la inmensa tristeza que me agazapa el corazón.

Que me hace oscura e impenetrable. De alma sutil casi vaporosa y fugaz. Incomprensible, para la mayoría. Difícil de tratar en esos momentos… Imposible a ratos.

* * *

Llevó años sin vivir con mis padres y me resulta difícil hacerlo ya en esta época. Además sería una decepción para ellos verme en tacones rojos, vestido y peluca llegando en la madrugada.

Porque ese era el plan. Entregarse un poco al desenfreno, sin remordimientos. Ser presa de lo embriagante del tiempo perdido y sin querer reencontrado.

O al menos, eso yo esperaba.

Pese a que a través de mi cuenta de Facebook tuve muchas invitaciones para salir o encamarnos, el embrujo navideño suprime el movimiento de las cosas y las que parecían oportunidades se despiden en un chistar.

Lo que quede del día

El escenario lucía poco alentador. Pero para la mañana del 25… Un mensaje del dueño de un bar gay que está en el centro de Coyoacán con el que ya había tenido un acostó hace algunos meses me contacto.

-Estas en CDMX

-Sí

-Cogemos, putita????

-No me digas así

-No te quejaste la última vez que te cogí

–  😂

-Bueno

Quedamos vernos, en el hotel Pirámides que está por el PAN. Me despedí de mis padres.

Me dirigí al Airbnb donde me hospedé y donde había dejado todas mis cosas.

Era un departamento cerca del metro Etiopía, en el que vivían 4 roomies. Curiosamente estaba vacío. No le di mucha importancia más por la prisa que por otra cosa. Guardé lo que necesitaba en una mochila.

El über me esperaba en la puerta. Le extraño la dirección.

-¿Quién va a un motel en Navidad?, quizás cruzó por su cabeza en ese momento.

Pedí la habitación y en cuanto cerró la cochera me transformé. Estaba lista al poco rato.

-Ya ven. Estoy en la habitación 39

Ese mensaje fue como un grito al vacío. La respuesta nunca llegó. Su esposa debió haber llegado.

Un ultimátum…

-Si no vas a venir, avísame por fa

Un simple “se complicó la cosa” o “llegó mi mujer, lo siento” hubiera sido suficiente para mí pero ni una palabra. Plantada y toda arregladita me senté a fumar.

Prendí una aplicación de contactos y tenía un mensaje. El un chico que estaba en el mismo hotel pero en otra habitación.

Su novia se tuvo que ir por el recalentado y el se quedó con las ganas.

Nos mensajeamos, le aclaré que no era mujer lo cual no lo incomodó, al contrario se calentó y me mandó la típica foto de su verga.

Un poco encaprichada y despechada le dije que se pasará a mi habitación. Tocó la puerta, una, dos y tres veces.

* * *

Me arrojó sobre la cama como buen macho que sabe lo que quiere. Se despojo de toda su ropa y me ofreció la mercancía previamente anunciada en una foto en el Whats.

Me senté al borde de la cama y se la comence a jalar para que se pusiera totalmente dura.

Dio un paso hacia atrás, luego otro… Me hinque para mamárselo, el seguía retrocediendo haciéndome avanzar de rodillas hasta él.

La pared detuvo su paso y me aferré ella en una densa inmersión digna de un traga espadas.

Gimió, estaba muy caliente. Si seguía se vendría muy pronto. Así que -pese a que me cogía  intensamente por la boca- use una mano para limitar su entrada. Yo no me iba ir del Pirámides sin que me la metiera.

Me sujetó por el cuello y me dio un profundo beso. Nuestras lenguas jugueteaban ardientemente.

Me dio la vuelta para, ahora, inspeccionar mi mercancía. Su dedos hicieron al lado el hilillo de la tanga. Se lamió uno, luego dos, y empezó a abrirme. Le pase un condón.

Sin remordimiento alguno clavó su estaca en mi culo, terminando con los restos de mi masculinidad en cada golpe contra mis nalgas.

El viaje acabó pronto. Minutos escasos. Se quitó el preservativo lleno de semen, lo arrojó al baño.

-Me llamó Ramón, gracias preciosa… Dame tu número.

Víspera / Expuesta

Mi alojamiento se mantuvo desierto en los días subsecuentes. Sus habitantes no mostraron signos de vida. El chico que me lo rentaba sólo apareció para darme la llave.

Esa frágil libertad, me incomodaba y me alentaba. Sin embargo, el saber que en algún momento alguien se aparecería era un muro de contención natural.

Me entregue a mi trabajo a distancia. Las horas y los días pasaron. Vi algunos amigos en el transcurso y compré un lindo vestido.

El 27 terminé con mis oficios y fui a comer con mis padres antes de partir. Mi regreso estaba programado para el 28.

Volví al depa empacar. Este seguía totalmente vacío.

Aproveche para ducharme y empacar. Mi vuelo estaba programado por la mañana.

En aquel movimiento el vestido negro que compré apareció con la etiqueta de “y que tal sí…”

Tentadora idea. Me maquillé y me lo puse. Después de todo era mi última noche.

La maleta estaba lista. Sólo fumaría un cigarro en el balcón y a dormir.

* * *

El humo acababa de disiparse cuando a mis espaldas y, sin que yo lo notará, él estaba ahí.

El chico que me había dado la llave a mi llegada, me miraba intrigado.

Me puse nerviosa cuando encendió la luz. Me senté en el sillón y comenzamos a hablar.

No sabía como reaccionaría.

Lo tomó con calma y me ofreció un trago.

Bebimos un poco más, y fue a su habitación, donde guardaba un poco de mota. Puso un poco de música. Empezamos a fumar…

* * *

El denso espacio se comprimió en la ahora nubosa habitación. Sus manos flotaban sobre mis piernas. Nuestras caras se acercaron y comenzamos a fajar entre bocanadas de luz.

Bailamos a medias mientras nos despojábamos de la ropa y de la inhibición.

Desnudos nos tendimos en el mullido tapete de la sala. Nos explorábamos tontamente al principio, el clima frío nos orilló a ser más precisos en las caricias.

Los dos mordíamos, nos arañábamos como seres difusos.

Sin desearlo nos encontramos prendidos en nuestras vergas, en un espléndido 69 acompañado de Bowie.

Succionábamos la agonía apresuradamente.

Él se montó sobre mí.

-Soy pasiva baby

-Te voy a volver inter

Su culo se deslizo sobre mi verga hasta que la apresó. Sus espasmos y contracciones se mutilaban entre besos.

Me vine…

-Ahora me toca a mí

-Dame chance

-No nenita

Amo a los hombres decididos.

Posó mis pies y empezó a penetrarme. La tenía muy ancha, por lo que tuvo que batallar hasta que encontró un diminuto espacio en mi ano que se amplió de golpe.

-No me digas que te dolió

-Sí

-Pues te voy a dar mas duro para que se te habrá y te acuerdes de mí

Me la metía con violencia. No quería que ese martilleo terminará. Me aferré a él con las piernas, buscando sus nalgas para acariciarlas y animarlo a ser más salvaje.

Lo hizo hasta que no pudo más.

Tomamos aire. Me levante para asearme y retocar lo que hay que retocar.

A mi vuelta ya estaba listo para más. Se había tomado un sildenafil y su verga rebozaba de nueva vida.

-Mañana no vas a poder caminar reina

Intenté parar pero él quería mi culo toda la noche. Ingenuamente giré para evitarlo, pero mis nalgas quedaron a su alcancé.

Entró con facilidad. Gozaba las entradas y salidas. Las sacudidas. Las secuencias rápidas que me hacía pedir clemencia.

Fumamos un poco más.

Con su verga aún dura como una piedra entre mis nalgas caminamos al balcón.

El aire helado nos hizo sacudir y a él seguir. Con una mano jugaba con mis escasas tetas y con la otra tapaba mi boca para que no escapará ni un sonido que alertará a los vecinos o algún caminante perdido.

Volvió a terminar.

Rendidos nos recostamos hasta perder el sentido. La alarma de mi teléfono me despertó.

Pronto tendría que irme. Pero antes, ese pene erecto por influjo de la mañana me invitó a devorarlo hasta el fondo, una y otra vez hasta que terminó arrebatado del sueño en una explosión de moco blanco y cálido.

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Vende caro tu amor

Darla Kalafina

Darla Kalafina

Un domingo de puente cualquiera, de esos que todos hemos vivido. De esos en que quieres hacer algo pero todo estará cerrado. De esos en que todos tus amigos se fueron a un lugar más divertido. De esos en que ya viste todas las películas de la cartelera.

Estaba tirada en la cama mirando al techo, mientras escuchaba las quejas de mi ex vecino. Siempre se quejaba por cualquier cosa, por el ruido, por el amor, por la luz, por el cobro de la renta…

Para colmo su novia llegó, lo cual sólo empeoró las cosas. Harta de aquello y a pesar de que pasaba de las 10 me calcé mis botas y salí.

Las calles estaban solas así que caminé sin destino consiente.

* * *

Mi antiguo departamento estaba cerca de Nuevo León. Por lo que se me hizo fácil seguir avanzando hasta llegar a la zona donde “Ellas” se ponen.

Hacia tiempo que quería hacer el experimento de pararme ahí y ver que pasaba.

Atravesé la calle a la altura de la gasolinera. Unos metros más allá las vi y ellas a mí.

En sus churriguerescos rostros, una sonrisa que se leía como: “Una novata” se pintó tanto como el carmín de sus labios.

No dejé que eso me intimidará y me paré cerca del Banamex. Saqué un tabaco y empecé a fumar. Eso marcó el inicio del cronometro.

Me había planteado estar ahí 45 minutos solamente. ¡Solamente!

Iba muy normalita, un vestido azul nada entallado, medias de red y maquillaje un poco cargado.

Lo que me aterraba más eran las patrullas.

Pensaba no puedo competir con esas “muñecas” resultado de la cirugía y de los tratamientos por los que yo no he pasado. Además mi falta de tetas -obsesión común en los hombres- reducía mucho más mis posibilidades.

* * *

A los 30 minutos el frío me empezó a calar. Así que me abrace para calentarme. Es difícil estar ahí horas, esperando que alguien te elija.

Es difícil estar sin resguardo, a la intemperie y bajo algunas escasas estrellas. ¡Piénsenlo chicos!

Un auto rojo había dado varias vueltas. Se detuvo y me llamó. Nerviosa me acerqué mientras el bajaba la ventanilla.

Era un cuarentón con una camisa de cuadritos desfajada y unos jeans deslavados.

-¿Cuánto?

-500 por una hora

-¿Y por una mamada?

-300

-Súbete

Lo revisé un par de veces para estar segura de en que me estaba metiendo. Eso de andar de puta, son negocios riesgosos.

Me abrió la puerta y me subí. El auto estaba limpio. Había un disco de éxitos de los 80 a un volumen moderado.

Dio un par de vueltas más hasta que llegamos a una calle solitaria.

Se abrió la camisa y desabrocho sus pantalones. Al tiempo que tiraba el haciendo lo más atrás que el mecanismo se lo permitía.

Sacó un Camel  mientras yo le acariciaba el pecho y se la ponía dura con la otra mano.

Cuando estaba lo suficientemente larga y tiesa comencé a chupársela despacio, muy despacio, como si nada me importara, como si no estuviéramos ahí.

Tenía las manos entrelazadas tras su cabeza. Un nuevo cigarro lo arrebató de esa postura.

El humo nublaba aquel espacio que se extinguía cada vez que mis labios rojos se deslizaban sobre la piel de su pene.

Mientras mi lengua acariciaba sus imperfecciones y su glande. Mientras succionaba un poco de su vida en cada sorbo de esa caricia.

Su manaza atrapó mi nuca tanto como fue posible para que su verga llegará a mi garganta.

Tragué sus huevos para estimularlo. Estaban pesados llenos de semen y apunto de reventar.

Al ritmo de ‘Oliver’s Army’ llegó al clímax con varios estruendosos chorros de leche que brotaron incontrolables a mi boca.

Mientras él se recomponía me agazapé en mi asiento.

-¿No te dedicas a esto verdad?

-No, ¿Cómo lo sabes?

-Por tu forma de hacerlo y tu cara

-De todas formas te voy a cobrar

Se ríe

-Me llamó Jesús

-Yo Darla

-Darla no te metas en esto

Me pagó lo acordado y me dejó donde me encontró.

Al despedirse me pidió mi número se dirigió a ver su mujer.

* * *

Mientras él se perdía en la avenida emprendí la vuelta a casa. Un auto blanco avanzaba a mi paso.

-¡Ey!

Me hizo señas. Yo ya me iba. Dudé.

-Buenas noches reina, ¿Cuánto cobras?

-500 por una hora más el hotel (muy importante)

-Súbete

Jamás pensé que se decidiría. Una vez más la portezuela se abrió y mis piernas se montaron en el auto.

Juanjo era chofer de Uber más por aburrimiento que por necesidad. Se había jubilado hace tiempo y le entró el gusto por las tvs y trans cuando quedó viudo hace como 5 años.

Una corona de blancas canas adornaba su brillante pelona.

-Me gustaste desde que te vi hace rato. Fui a dejar a alguien y regresé: Chance y me la topo, ¿no?

Sonreí

-No hablas mucho, nunca te había visto por aquí… etc.

Cuando las personas desean hablar lo hacen y hay que escucharlas.

Recorrimos reforma y parte del centro, paréntesis nada sexual en donde me contó cosas de sus hijos que ya no lo visitan desde la muerte de su esposa. El peso de la soledad.

-¿A qué hotel vamos, reina?

Quizás un destello de ternura movió algo en mí al grado que le dije: ¡Vamos a my house Darling!

Entre las anécdotas de su Uber parecía que habíamos sido transportados a la oscuridad de mi casa.

Apagué la luz del pasillo en cuanto entró y lo conduje a mi habitación, tan austera como yo, tan simple como yo.

En la penumbra me tiré a sus brazos. Quería consolarlo. Quería quitarle un poco de su dolor.

Nos quedamos a centímetros de la cama tocándonos, descubriéndonos, besándonos con euforia de su parte y un poco de ternura de mi parte.

Poseído por el momento se apresuró a desnudarse. Y luego a mí, sólo me dejó los tacones, las medias y la tanga.

Él se recostó y yo sobre él. Me acariciaba como si quisiera dejar marcas por toda mi carne.

Nuestros penes se tocaban, están tibios y su erección me calentó. La tenía grande y gorda.

Rasguñe su pecho mientras me arrojaba a las partes bajas de su cuerpo para tragarme esa imponente verga que ya quería que me cogiera.

Pero antes quería probarla, saborearla, hacerla escurrir un poquito… sólo lo necesario para que me rogará por mis jugosas nalgas.

Me atraganté con su chorizo.

Juanjo disfrutaba a mares mi felación, tanto que se puso de pie para hacérmela tragar sin piedad alguna.

Se quería venir pero yo no se lo iba a permitir. La quería toda dentro de mí, con todas sus implicaciones y consecuencias.

Me paré a buscar condón y lubricante, mientras el se tiraba de nueva cuenta en la cama y buscaba acomodo con las almohadas.

Lo hice esperar. Mala de mí.

Su verga estaba perdiendo su dureza. Un par de profundas degustaciones fueron suficiente que recobrará su vigor. El condón atrapó a regañadientes la talla de su pene.

Lo llené de lubricante. Hice lo mismo con mi ano. Un poco mas. El el frío lubricante escurría por mis nalgas.

Mientras lo miraba y él me miraba le dije:

-Esto me va a doler más a ti que a mí. No es justo

-La vida no es justa, pero te va a gustar y después ya no te vas a querer bajar.

Me monté dándole la espalda. Separé mis nalgas para que encontrará donde blandir su espada.

La punta rozaba mi ano. Ese enorme aguijón esperaba ansioso por picar.

Sin embargo… Se resistió un poco. Ahora la ansiosa era yo.

Por fin, un embate asesino.

Bajo lentamente para no hacerme daño. Siento como penetra mis entrañas arrancándome gemidos.

Estoy totalmente sentada. El acaricia mi espalda y mira mi tatuaje. Pasa una eternidad hasta que me siento cómoda.

Empiezo a agitar mi culo para deslecharlo.

Estoy sudando a mares, pero Juanjo tenía razón no me quiero bajar.

Un placer extraño me inunda, un frenesí casi animal.

No puedo parar quiero más.

Juanjo me hace girar ahora esta entre mis piernas.

Extrañamente me llama Karina, al tiempo de que me la mete más y mas duro.

Me cruza las piernas y con sus manos hace un nudo para no soltarme a ningún precio, mientras pone a prueba mi flexibilidad.

Se vuelve más salvaje, aprieto los dientes para no gritar y pero me ganan las fuerzas.

-¿Dónde lo quieres?

-Donde quieras papi

-En la cara

Me arrastro para quedar a la merced de su pito que me baña de semen dulce y agrio.

Lo saboreo mientras escurre hasta mi boca y mi cuerpo aún se mueve con espasmos de placer.

Tras la sacudida, me limpio en el baño.

Acompaño a Juanjo hasta su auto. Intercambiamos télefonos y una bien ganada paga.

Trilogía: Next door

Darla Kalafina

Darla Kalafina

Paso demasiadas tardes de chica encerrada en mi departamento. Veo la tv, escucho música, leo… Cosas habituales. Es sencillo acostumbrarse. La vida es simple si la ves de esa manera.

Eres alguien cuando sales por la mañana. Eres otra cuando atraviesas el umbral y corres lo cerrojos. Uno primero, otro después.

¿Quién es quién?

* * *

Hecho de menos la lluvia, los días frescos… y la indiferencia citadina. Tan patentada en la Ciudad de México. Aquí todos parecen preocuparse por ti.

El sol parece nunca ocultarse, aunque se lo supliques con la vehemencia con que se adora a un dios pagano.

Siempre brilla… tanto que las noches son puntos al final del día.

Puntos y comas en la suspensión de la realidad.

Me he habituado a salir a fumar a la puerta de mi casa pasadas las 12… Las luces del edifico siempre están apagadas, el viento sopla con sutileza y los grillos cantan apenas.

A veces sólo porto una braga y una sencilla playera. Otras un vestido. Peluca y maquillaje son indispensables para mi papel.

Me apoyo en el pasamanos y miro los autos pasar desde las alturas. Hay pocos inquilinos.   Unos van otros vienen. Aprecio eso.

Me he perdido en el abrazo nocturno y no he notado que desde una ventana me miran. No es la primera vez supongo, desconozco desde cuando.

Dudo que se dé cuenta de que soy.

Estoy de buenas, sigo ahí sin hacer nada… Enciendo el tercer cigarro. Ese hábito entra y sale de mi vida.

Le doy una bocanada. Quizás tengo demasiadas cosas en la cabeza que ya se ha consumido. Lo suelto para ver su luz perderse en caída.

Regreso a mi encierro. La única luz que brilla es la del baño. Esta vez sólo he jalado de la puerta. Bajaré a tirar la basura después de quitarme la ‘máscara’.

[Por si te lo perdiste:  Trilogía: De las cenizas]

Me he sentado en la silla de barra de la cocina a quitarme los tacones.

Una mano se posa en mi hombro. Me asusta. Un espasmo frío recorre todo mi cuerpo.

Trae una gastada playera de algodón que usa para dormir y unos shorts. Está descalzo.

Mientras reacciono se despoja de esas prendas. Su vigoroso sexo está más vivo que yo en ese instante.

Está tan cerca. Sólo necesito extender la mano para tocarlo.

Es tersa, larga y sin circuncisión. La empiezo a acaricias. Sus testículos penden como esferas en un árbol de Navidad.

Rompe el silencio al contacto de mis dedos, que se escurren sobre ellos. No me detengo ahí.

Le mordisqueo los duros pezones bañados por el sudor disperso por el denso vello que los cubre.

Me pongo a sus pies para darle lo que busca.

La trago intensamente mientras el acaricia con cierta ternura mi cabeza.

El aire acondicionado y las sombras son nuestros únicos cobijos.

Sé que lo disfruta, porque sus manos ahora son tenazas aferrándose a ese placer.

Seguimos y seguimos…

Me levanto y me recargo. Busco un preservativo en un cajón cercano, el cual se resiste a salir.

Enfundo su pene en látex. Me doy la vuelta para que la meta.

Las bragas se desplazan por mis piernas despojadas de toda fuerza.

Me aferro  a la barra al sentirlo.

Siento dolor y lo sabe por eso se aferra a mí, esta noche quiere cogerme.

Me resisto, pero es inútil. Estamos unidos.

Con una mano me tapa la boca para que no haga ruido. La otra ha encontrado mi pito.

Quizá no era lo que buscaba o tal vez sí.

Se excita más.

Chupo sus dedos mientras el me culea cada vez más duro. Y no quiero que se detenga. Pero la naturaleza se impone.

Nos quedamos en esa posición recuperándonos. Por fin, el ahora flácido vinculo que los ataba se desvanece en una bolsita.

Acaricia mis nalgas. Y se va.

Al día siguiente regresa por su ropa y le invito un café…